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22 NOV

“Uno puede especular con automóviles u ordenadores, pero no con la vida de las personas”

Germán Velásquez es uno de los rostros más conocidos en el debate sobre acceso a medicamentos por su crítica al inmovilismo de los gobiernos y a la pérdida de
independencia y de credibilidad de los organismos internacionales. Trabajó durante más de 20 años en la Organización Mundial de la Salud (OMS), donde fue director del Secretariado para la Salud Pública, la Innovación y la Propiedad Intelectual. Actualmente, es asesor especial del Centro del Sur (South Centre), organización formada por medio centenar de países en desarrollo. Charlamos con él en un encuentro organizado por la Cátedra Farmamundi-UCM ‘Derecho a la salud y acceso a medicamentos’.

 

Su trayectoria en el ámbito de acceso a medicamentos es muy extensa. Desde su experiencia, ¿qué ha cambiado en los últimos años?

 

El cambio más importante y peligroso es la tentativa de la industria farmacéutica en los últimos años de cambiar el modelo de cómo se fijan los precios. Durante 50 o 60 años, la industria estuvo argumentando que les costaba mucho investigar y que por eso eran altos los precios. Hoy en día eso no importa, hablan de que la fijación de los precios debe ser por el valor de los medicamentos y no por los costos de producción. Ese valor puede ser el de un hígado o el de tu vida. Eso es un cambio grave que hay que combatir.

 

¿Y qué me dice de la OMS? Usted pasó más de dos décadas en la agencia pero hoy es una de las voces más críticas con ella.

 

La OMS está hoy en día en manos del sector privado. Yo creo que una de las cosas urgentes es recuperar su carácter público. Imagínate que el Ministerio de Salud de España estuviera financiado al 85% por una fundación privada, eso sería una catástrofe y nadie lo aceptaría. Extendamos eso a la agencia pública internacional. En los próximos 5 o 10 años, la OMS debería tener un 51% de su presupuesto en manos del sector público y no en manos de la industria farmacéutica y manos privadas.

 

Además, necesita un cambio en su secretariado. Hace algunos años era más activo, había una asistencia técnica a los países, con todo el peso que tiene esta organización, para asesorarles en el uso, entre otras cosas, de las flexibilidades de los acuerdos de las ADPIC, incluidas las licencias obligatorias. Sin embargo, hoy en día la OMS está diciendo muy poco sobre este tema y es importante que apoye a los Gobiernos que están estudiando la posibilidad, pero que están bajo presiones de la UE y de EEUU.

 

¿Considera que sigue siendo un organismo necesario?

 

Yo creo que si mañana cierran la OMS pasado habría que abrir equivalente porque en un mundo como el que vivimos hoy en día a cinco horas de avión de aquí al otro extremo del mundo tiene que haber un organismo de reglamentación de carácter internacional.

 

¿Cree que estamos poniendo los intereses privados por delante de la salud de la población?

 

Lo que pasa es que ya se está desenmascarando la filosofía de esta industria de la que pensábamos hace años que estaba al servicio de la salud. No lo está. Hoy es una industria financiera que cotiza en la bolsa y para la que lo más importante no es cuántas vidas están salvando en tal país o en tal otro, sino cuánto está subiendo la acción de esa compañía en la bolsa de Nueva York. Es una cuestión de prestigio y de especulación. Pero uno puede especular con automóviles u ordenadores, pero no con la vida de las personas.

 

El actual modelo de investigación y desarrollo de medicamentos está cada vez más cuestionado y parece que hay cierto consenso en que hay que reformarlo. ¿Qué toca ahora?

 

Los movimientos de la sociedad civil son muy importantes porque están poniendo más claro cuál es el problema, quiénes son los actores y quién tiene que mover qué. El siguiente paso sería ir los Parlamentos de los países para que se decidan normas nacionales y se fijen posiciones, sobre todo en el caso de los industrializados con más poder, para definir cómo actuar en la OMS y como reclamar a la OMS que vaya en esta línea.

 

Y por último, hay que poner líneas rojas a la industria farmacéutica. Hay un autor inglés que dice “¿Qué hace un gorila de 400 kilos? Pues lo que le da la gana”. Pues eso hace la industria farmacéutica, que es más poderosa que muchos Estados, lo que le da la gana. A eso hay que ponerle límite.

 

Usted defiende que las patentes son una barrera importante para el acceso a medicamentos.

 

Sí, es una barrera importante, pero no la única. Queda mucho por hacer. En Centro Sur, por ejemplo, donde yo estoy trabajando actualmente, tenemos un programa de asistencia a los Gobiernos y a las oficinas de patentes. Entrenamos, especialmente a los examinadores de patentes, para que introduzcan criterios de salud pública en el examen que hacen de las patentes para medicamentos. Hay una realidad y es que, siendo más estrictos, podríamos tener menos medicamentos patentados y el problema sería menor.

 

Tratándose de un problema global, ¿qué respuesta ve factible a nivel interestatal?

 

Es importante la puesta en marcha de una Convención vinculante en la OMS, como fue la convención del tabaco. Es importante contar con un tratado internacional donde cada país aporte, en función de su riqueza, a un fondo común con el que invertir en investigación, sin patentes que sean un obstáculo para el acceso. Hace unas semanas hubo un artículo en The Lancet que decía que quizás la respuesta a la resistencia a los antibióticos tenía que venir de unos mecanismos de carácter obligatorio, de tal manera que yo creo que debe de entrar la jurisprudencia en el acceso a la salud para que haya mecanismos que exijan a nivel nacional e internacional que los pacientes tengan el acceso a medicamentos como un derecho ciudadano.

 

Otro de los asuntos estrella es la agenda de investigación.

 

Sí, ese también uno de los problemas más graves. Hoy la agenda se está definiendo en función del mercado y de las ganancias. Los Estados y la OMS deberían influir para que se investigue realmente en lo que supone un peso sanitario para las poblaciones.

 

Con este panorama, ¿cree que hay lugar para el optimismo?

 

Si uno mira un poco para atrás, claro que hay lugar para el optimismo. Hace 15 años había 27 mil personas tratadas con antirretrovirales y hoy hay 20 millones. Es una muestra de que hay que estar optimista y seguir peleando.

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